Turismo: El Schrödinger de los mercados
- valenciahuertaymar
- 28 may 2021
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Texto: Valencia Huerta y Mar. Imágenes: Cristina Iglesias
Si el mercado quiere sobrevivir, ha de reinventarse y poner nuevos horarios. Los puestos de los mercados, tradicionalmente, pasaban de padres a hijos, por lo que no sólo los vendedores cogían el testigo de sus padres, sino que los compradores les eran fieles por generaciones.
Tradicionalmente, las mujeres eran las encargadas de hacer las compras y los únicos hombres que se veían en los mercados, eran los comerciantes o los repartidores. Afortunadamente, los tiempos han cambiado y ahora no importa quién compra qué.
La mujer española se incorpora definitivamente en el mercado laboral a mediados de los años setenta. Alfonso Novales Cinca, señala lo siguiente en su estudio ‘La incorporación de la mujer al mercado de trabajo en España’, lo siguiente:
“La población femenina activa sin estudios y con estudios primarios ha mantenido una tendencia decreciente a lo largo del período muestral, aunque dicha caída se detuvo entre 1981 y 1985, para invertirse a partir de 1987, en que presentó un crecimiento espectacular”.
La ruptura de roles sería la cara positiva de la moneda. Sin embargo, la negativa es la falta de conciliación familiar y laboral. El mercado tradicional abría solo durante la mañana, lo que impedía totalmente a los compradores de mercado realizar sus rutinas en ellos. Esto, por ende, favorece el abastecimiento en los supermercados más cercanos.
Por otro lado, los vientos de cambio no sólo afectan a roles o estereotipos. El perfil del visitante del mercado, con la globalización, también ha cambiado. Los visitantes de nuestra ciudad ya no se limitan a playa y gastronomía, sino que invaden, armados con sus cámaras, los coloridos puestos intentando plasmar en imágenes el abanico sensorial que son los mercados.
Este tipo de gestos, aparentemente mundanos, a veces provocan la obstrucción a la compra del auténtico usuario, pero también el cambio de hábitos en la venta. Esto es, puestos de fruta convencionales dejan de vender su producto ya que la vistosidad de estos atrae la atención del turista, pero no la compra. Su belleza, en algunos casos, lo asfixia.
Por tanto, es una realidad que muchos puestos han sobrevivido vendiendo macedonias para llevar o zumos. El visitante, pero no cliente, se siente tentado por las manzanas troceadas o los smoothies recién preparados y rentabiliza su presencia.

“Cada mercado tiene una dinámica distinta, evolucionamos. Debería haber un cambio radical en los horarios”, María Luisa Viadel, del puesto de Delicatessen del mercado de Mossen Sorell (Valencia)
El comerciante ha de sobrevivir a las hordas turísticas, pero el mercado pierde su esencia ante cambios de identidad de algunos puestos, que dejan de ser proveedores de productos a granel para convertirlos en manufacturados.
Tristemente, en la ciudad de Valencia, tenemos el paradigma de este problema en el Mercado de Colón: un maravilloso edificio modernista que de mercado solo conserva su nombre, puesto que ahora es más bien un batiburrillo de negocios múltiples alejado de la definición propia de mercado tradicional.
Los viajeros amantes de visitar mercados, sí buscan la esencia misma de las urbes, pues en ellos se aprecia toda la tipología de productos autóctonos que consumen los ciudadanos. Por contra, esto nos remite a la paradoja del Gato de Schrödinger y una dualidad final: un mercado vivo como los de siempre o un mercado agonizante que acaba muerto. Solo el paso del tiempo nos dará la respuesta a esta cuestión.
Los mercados ambulantes recorren toda la geografía valenciana de una localidad a otra e incluso en diferentes barrios dentro de un mismo municipio. La diferencia básica con los mercados con edificación propia, estriba en que su venta se establece sólo un día a la semana y entre sus puestos no se concentra únicamente alimentación.
Los mercadillos cubren otras necesidades como es la venta de ropa, calzado y alfarería. Su movilidad hace que lleguen a lugares donde el consumidor no tendría acceso a estos productos a no ser por la visita semanal de los comerciantes. Este tipo de comercios está en competencia directa y constante con los establecimientos de negocios sin movilidad. Estos últimos se quejan de una paga de tributos mucho más elevadas que los primeros y que, por tanto, entran en competencia desleal.
Sin embargo, la reciente pandemia, ha puesto en jaque esta teoría, ya que los mercadillos no han podido salir a las calles a ofrecer sus productos, mientras que los mercados tradicionales han permanecido abiertos, con las consiguientes pérdidas económicas para los primeros. De esta forma no dejan sólo de recibir ingresos los pequeños comerciantes ambulantes, sino los agricultores y demás proveedores de la zona (apicultores, ganaderos, pescadores...). En ese círculo vicioso, todos pierden.
En los últimos años se ha dado una nueva modalidad de mercado: los conocidos como mercados medievales. En estos puestos se exponen productos tradicionales y artesanos durante varios días en los municipios que los acogen.
Sus mercaderes ofrecen desde regaliz recogida en las orillas de los ríos valencianos hasta la venta de productos de carne caza. La irrupción de la COVID-19 afecta no solo al vendedor, sino al consumidor rural, y por tanto, también a sus múltiples formas de turismo.
Se confirma la teoría de Schröndinger, en este caso de los mercados, donde este está vivo y muerto a la vez, vivo por la fidelidad de sus clientes, pero el ataque de comercios de supermercados y visitantes que asaltan los mercados como museos de entrada gratuita lo condenan a muerte.
Por último, me gustaría recomendar la lectura de ‘Arroz y Tartana’, de don Vicente Blasco Ibánez. En esta novela no solo se describe exquisitamente el carácter de la ciudad de Valencia y sus habitantes de finales del siglo XIX, sino que el autor hace un magnífico retrato de las casas de la Huerta para el veraneo, el Mercado y figuras tan nuestras, tan mediterráneas, como los vendedores de dátiles de Elche.






El mercado es el corazón de las ciudades, ahí verdaderamente se refleja la cocina popular a través de sus productos