El Coronavirus aumenta la solidaridad entre los vendedores de mercado
- valenciahuertaymar
- 26 mar 2021
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Texto: Valencia Huerta y Mar. Imágenes: Juan Miguel Valor
Apoyar al pequeño empresario es una tarea de gran relevancia a la hora de impulsar la economía de cualquier país. Según datos del INE, hasta final de enero de 2020 cerraron 204.000 empresas y 323.000 trabajadores autónomos perdieron sus empleos.
Más allá de la Comunidad Valenciana, la situación de desamparo ante una pandemia mundial es igual de preocupante. En el puesto de Frutas Ca La María, en Sant Boi de Llobregat (Barcelona), Juan Miguel Valor, su propietario, se presenta como incansable defensor del comercio cercano y tradicional.
Las rutinas de un vendedor de frutas y verduras son duras. Estas consisten en madrugar mucho, levantarse a las cinco de la mañana para preparar la parada, atender al público y explicar los detalles de sus productos a los compradores curiosos. Por la tarde, Juan Miguel llega a Mercabarna y adquiere todo lo que necesita, para después colocarlo en las cámaras refrigeradoras o ahora, en los meses más fríos, dejándolo preparado en el puesto para el día siguiente, puesto que las temperaturas lo permiten.
Las diferencias entre el PIB anual de Cataluña y el de la Comunidad Valenciana difiere en que, mientras el de la Comunidad Valenciana ronda los 116.000M de euros, los catalanes superan los 236.000M de euros.
Juan Miguel abrió su puesto tres semanas antes de la pandemia, hasta entonces se encontraba en otro punto de venta. Sin embargo, cuando se decretó el Estado de Alarma, fue observando cómo vendía más que antes, cómo la gente se mostraba temerosa a salir de sus barrios por miedo al contagio.
El confinamiento ha afectado a mejor para vendedores como él, ya que el volumen de venta creció en todas las paradas del mercado. “Venían personas a comprar y lo hacían también para sus padres, para personas mayores que conocían, para que no salieran, para que estuvieran seguros en sus casas”.
Detrás de sus cuarenta años de experiencia, Juan Miguel afirma una consolidada “solidaridad” entre los puestos del mercado. “Somos como una comunidad de vecinos”, me explicaba al otro lado del teléfono. “Cualquier cosa que necesite, lo comento a otras paradas y enseguida se resuelve mi problema”, asentía.
De esta situación de crisis, el vendedor de frutas y verduras obtiene diferentes lecciones. Juan Miguel destacaba el hecho de poder ayudar a las personas. La pandemia ha abocado a muchas familias al paro o a verse sin un techo bajo el que refugiarse, por lo que este pequeño empresario actúa por un cambio.
“He llevado frutas y verduras al Banco de Alimentos, y he donado unos quinientos o seiscientos kilos cada semana durante un mes y medio”, reconocía mediante un suspiro triste. “Me puse en contacto con el Ayuntamiento de mi pueblo, quería hacer algo por la gente que se había quedado sin trabajo”, me explicaba.

“Hay gente que conoces, con niveles de vida normales y que ahora no tienen nada. Eso te hace pensar”.
Existen diferentes asociaciones sin ánimo de lucro preocupadas por el bienestar de sus conciudadanos. Las cifras del paro se han disparado en el último año, así como las denominadas “colas del hambre”.
Los centros solidarios están cumpliendo una labor social nunca antes imaginada, puesto que recurren a ellos no sólo indigentes o parados de larga duración, sino sectores de población conocidos como “trabajadores pobres”, cuyos ingresos no les da para hacer frente a los gastos de su cotidianeidad.
Cáritas, Somos Tribu, Casa Grande... son ejemplos de lugares a los que acudir cuando apenas hay esperanza ni respuestas municipales que hagan frente a la nueva situación. El descontento ciudadano crece y así también lo hacen los contagios y los índices de pobreza.
Es por todo esto que ahora, más que nunca, necesitamos de la solidaridad y de la empatía. El hecho de ayudarse unos a otros es uno de los pilares clave de una sociedad sana. “La vida da muchas vueltas y nunca sabes a quién le puede tocar”, reflexionaba el comerciante, Juan Miguel Valor. La sabiduría popular trasciende más allá de sus palabras y gestos solidarios.







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