El naranjo, enraizado a nuestra tierra
- valenciahuertaymar
- 21 mar 2021
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 26 mar 2021
Texto: Valencia Huerta y Mar. Imágenes: Cristina Iglesias Sahuquillo
Cuando un valenciano sale fuera de su Comunidad y dice su procedencia, el interlocutor inmediatamente responde con tres sustantivos: fallas, paella y naranjas. Nuestro folclore y hábitos alimenticios han traspasado fronteras y lo han hecho para quedarse.
Es a finales del siglo XVIII cuando se empiezan a cultivar las naranjas con fines comerciales en la Ribera y en la Plana de Castellón, donde su desarrollo fue lento hasta mediados del XIX, cuando la exportación a países europeos impulsa este área de trabajo. Entre todos, son los huertos de Alzira y Carcaixent donde se encuentra una mayor concentración de estos cítricos.
Entre los árboles frutales valencianos, el naranjo se presenta, con diferencia, como tótem representativo de la Comunidad Valenciana. Además de sus frutos, el olor del azahar lo convierte en un bello elemento ornamental del paisaje urbano.
El amor por estos árboles va mucho más allá que la apreciación de su fruta. De sus flores se obtiene miel, pero en un vínculo sentimental, las novias que se casan en los meses de la floración del azahar, eligen estas bellas flores como ramo para el día de su boda.
La naranja es un fruto originario de China, pero existen muchos indicios de su introducción en la península por los árabes. Hay diferentes variedades, con distintos tamaños y colores, desde clementinas hasta sanguinas, las cuales fueron muy demandadas en el pasado por la ciudadanía, pero ahora es difícil de encontrar fuera de los mercados tradicionales ya que no se ajustan a los cánones del “cliente tipo”, usuario de supermercados. La singularidad de esta fruta estriba en el color sanguinolento de la misma, de ahí su nombre.
En cuanto a la ubicación geográfica de estos árboles, podría decirse que Carcaixent es su “cuna" ya que es uno de los municipios de la provincia con mayor tradición en este ámbito.
Forma parte de los documentos de nuestra historia, el hecho que el párroco Vicente Monzó y dos personas cercanas a él (un boticario llamado Jacinto Bodí y un notario llamado Carlos Maseres), en 1781, firmaran por escrito una partida donde inmortalizaron la primera plantación de naranjos en la localidad. Esta forma de explotación agraria provocó un notable crecimiento demográfico y económico en la zona.
La naranja, en muchas ocasiones, como en el caso de esta localidad, ha sustituido otros tipos de cultivo como los de cereales o arroces. Ligado a este cambio también está, entre otros, la llegada del ferrocarril, cuestión importante y a recordar, ya que demuestra que el desarrollo económico implica incorporación de nuevas tecnologías en el terreno (aunque sean de "impacto" secundario).
Una visita recomendada para saber más sobre este tema, recomiendo un recorrido por el Museo de la Naranja, en Burriana (Castellón). La dirección completa es: Carrer Major, 10, 12530 Borriana, Castelló. Abre de martes a sábado, de 10:00 a 13:00 y de 16:00 a 20:00 horas. En domingos y festivos, de 10:00 a 14:00 horas. En periodo estival cierra los domingos.
Por otro lado, no podemos olvidar u obviar la evidente amenaza a los cítricos. Bien sea por hurtos o por importaciones que llegan de países tan remotos como Sudáfrica, Brasil o los Estados Unidos.
En otros países como Argentina, se establecen programas para que personas civiles no traigan plantas ni frutas desde otros rincones del mundo para evitar enfermedades que matan la flora autóctona, como el HLB, que ataca directamente a los cítricos. El HLB, también conocido como Huanglongbing es una enfermedad que también afecta a plantaciones valencianas.
Según el Instituto Valenciano de Investigaciones Agrarias, esta enfermedad la transmite un insecto cuya presencia ya es notable en Galicia y Portugal. Es por ello que la Comunidad Valenciana ha puesto en marcha un proyecto, el PRE-HLB, que consiste en acciones preventivas que limitan la llegada de este y así se frenan fatales consecuencias económicas dentro de la Unión Europea.
El caso de Argentina hace que las voces populistas planteen una “autocracia frutículo”, pero nuestros estándares económicos y de mercado saben que la realidad no es tan simple. Estamos inmersos en una economía capitalista dentro de un sistema globalizado.
Si bien es cierto que la riqueza de los recursos naturales se tiene en muy alta estima y se emplean técnicas modernizadas en este tipo de labores, el impacto económico de este sector es prácticamente insignificante comparado con el del sector industrias o el sector servicios.
Los países en vías de desarrollo son grandes productores y poseen unos precios imbatibles. A esto hay que sumarle las exigencias del mercado europeo al que se someten nuestro productos, mientras que los importados no pasan una criba tan rigurosa, lo que entra en una clara desventaja para los productores nacionales y/o locales.
No obstante, limitar el flujo comercial del sector primario significa, en definitiva, un retroceso para cualquier país, incluidos los propios consumidores cuyas listas de posibilidades a la hora de elegir qué producto quieren comprar se vería claramente mermado si no hubiese una competencia real.

Al igual que nuestros productores, ante la presión de los competidores buscan la excelencia en el producto final. Es la ley de la oferta y la demanda.
El portal Fresh Plaza comunicaba a finales de febrero de este año, un aumento en la demanda de cítricos, particularmente de un 10% a nivel local comparado con otras campañas y exportando un 16% más que en la pasada.
La OMS recomendaba al respecto que el consumo de vitamina C en tiempos de pandemia es muy beneficioso para inmunizar nuestro organismo contra el virus de la COVID-19.
Además de plagas, pandemias y bajos precios, hay que sumar el incremento continuado de casos de robos en los campos. El año pasado, sin ir más lejos, fue calificado como la peor campaña para el caqui y los agricultores tildaban a los políticos como “incompetentes”. El sentimiento del agricultor desprotegido se extiende ante la pasividad de las autoridades.
"La Unión Europea nos limita el uso de fitosanitarios, no obstante, hay países terceros que sí están autorizados a utilizarlos", comenta Francisco Fabregat, un agricultor de Bétera al que entrevisto para que me explique de primera mano cómo es la situación del agricultor valenciano en la actualidad.
La entrada de fruta de países lejanos como Sudáfrica, Egipto, Turquía o Argentina supone saltarse, en muchas ocasiones, la legislación europea. En esta parte de la cuestión, hay que tener en cuenta su transporte, estancia en almacén y almacenamiento final en supermercados.
Es al principio de este proceso cuando se aplican productos no autorizados en la Unión, pero en dosis tan pequeñas que, cuando las naranjas o mandarinas importadas de países lejanos llegan a los puntos finales de venta, el uso de este tipo de productos es difícilmente detectado por las pruebas de calidad de las frutas.
La proximidad, por tanto, implica salud. No obstante, los agricultores valencianos pagan auténticas fortunas tan solo para obtener el derecho de plantar, por lo que esto suponen inversiones muy grandes que finalmente son únicamente rentables para aquellos con mayor poder adquisitivo.
Algunos agricultores, como el caso de Francisco, tienden al minifundismo, pero también arrendan sus tierras para obtener mayores beneficios. "Antes hacías cien kilos por anegada y ahora trescientos, el que más puede producir y obtener de sus campos es el que gana", manifestaba.
"La clementina, por ejemplo, es una variedad que con el tiempo se estropea y deja de ser comercial. El precio es el que manda, el precio en campo es el que marca la diferencia. A veces vendes a 14 céntimos el kilo cuando te cuesta producir 22 céntimos, al menos en el caso de la clementina, que es una variedad con menor rentabilidad", afirmaba con dureza el agricultor.
Los agricultores venden sus cítricos y lo que finalmente paga el consumidor en frutas premium en grandes superficies es, aproximadamente, según me trasladó Francisco, un 56% menos del precio pagado al mayorista. De todo esto hay que tener en cuenta otro porcentaje más, que es la comisión que se lleva el comercial de las grandes superficies, alrededor del 7 y el 10% de esa suma.
En el campo aparecen en los últimos dos o tres años grupos de inversión, alquilando y comprando terrenos para conseguir hectáreas de cítricos y servir a mayoristas relacionados con grandes superficies, siendo, por tanto, competidores de tamaño colosal para los agricultores tradicionales.

Consumir naranjas de Valencia implica apostar por una materia prima de calidad, recogida en la temporada correspondiente y aportando micronutrientes tan importantes como el calcio o el potasio.
"Hay que concienciar a la gente en la proximidad, no sabe igual una naranja de aquí cerquita que una que venga de Andalucía, no es la misma calidad por el proceso que pasan", reivindicaba finalmente Francisco antes de despedirnos.
Los casos de robos no son un asunto menor al no tratarse de individuos aislados que cogen una fruta, sino de bandas organizadas que arrasan cual langosta con las cosechas anuales para posteriormente venderlas y aprovechar la picaresca.
Tal vez en los mercados se debería mostrar de forma regular un documento indicando la procedencia exacta de la compra del elemento en venta, no sólo indicando que es un producto de kilómetro cero, sino de un origen honesto para de esta forma evitar el pillaje.







Me han llamado la atención los datos de aumento de consumo respecto a las cifras de la pandemia y la aparición del coronavirus... tenemos que cuidarnos mucho!!
No puedo entender que estemos consumiendo, por poner un ejemplo, naranjas importadas, cuando las valencianas son las mejores, que nos lo digan a nosotras que tenemos un vecino que nos las regala. Tengo una amiga que tiene naranjos que no puede vender, dice que si supiéramos como conservan las naranjas importadas no tocaríamos ni la piel. Por favor tomemos conciencia
Me produce mucha tristeza ver cómo en los supermercados tenemos productos de otros países mientras nuestra naranja valenciana, la de la terreta, la que da de comer a tantas familias y tantos agricultores sufren por ella, está tirada en el suelo de los campos porque les sale mejor dejar perder la cosecha que venderla por lo que poco que les pagan. ¡ Gran trabajo!
Es muy deprimente que estemos importando productos con muy poca calidad, mientras los dueños de los campos valencianos están tirando parte de sus productos porque venderlos les cuesta dinero. Conozco a un chico que este año ha dado cebollas y el resto las ha tirado, los consumidores compramos cebollas de muy poca calidad y muy caras. Después de leerlo todo estoy alucinando
Creo que has hecho un artículo de lo más interesante, la verdad es que da rabia que por ser valencianos ya nos etiqueten con que seamos falleros/as, nos encante la paella y las naranjas. Eso sí, esto último, me encanta, el zumo de naranja es lo mejor que hay y por supuesto que nuestras naranjas lo valen.
Sigue así cielo, llegarás hacia donde te propongas 😘😘